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El origen de esta población se encuentra estrechamente vinculado a la explotación de las minas de cobre y plata que se localizan en sus inmediaciones. De esta manera encontramos en algunas fuentes referencia a una primitiva ocupación celta, concretamente beturienses, además, hallazgos arqueológicos testimonian el contacto comercial con fenicios y la presencia púnica. Pero es el nombre del municipio, Constantina (de tradición latina), y el hecho de hallarse junto a una calzada, trazada ésta entre Astigi (Écija) y Emérita Augusta (Mérida), al igual que los múltiples testimonios arqueológicos, lo que ponen de manifiesto el claro desarrollo que tuvo esta localidad en los tiempos romanos.

A pesar de ello, la ciudad está plenamente arraigada a la dominación musulmana, ejemplo de esto son los numerosos resto y documentación de historiadores y geógrafos del periodo califal. Es más, en esta etapa Constantina fue centro del distrito de Firrish.

No fue hasta el reinado del rey Fernando III cuando fue cristianizada, haciéndole entrega de las llaves de su castillo en 1247. A pesar de su inminente cristianización, y tras la conquista de Sevilla, conservó una importante población musulmana, lo que evidencia la importancia de su Morería.

Fue importante el papel que jugó en las guerras de banderías entre las casas noble dominantes en Sevilla. Finalmente fue recuperado su castillo por las fuerzas reales de Isabel la Católica en 1478, siendo a partir de ese momento constituida como una villa de realengo, vinculada al señorío de la ciudad de Sevilla. Situación esta que posibilitó su participación en el Descubrimiento de América y las actividades comerciales de exportación de vinos y aguardientes hacia las Indias.

Al igual que otros muchos lugares del país, en 1810 fue invadida por el ejército francés tras un cruento enfrentamiento que tuvo lugar en las propias calles del pueblo y que según cuenta la leyenda, costó la vida a 300 lugareños. Durante dos años permaneció ocupada, encontrando la libertad en 1812 y habiendo sido ésta una de la peor y más dramática época de su historia.

La concesión del título de ciudad le fue otorgada por el rey Alfonso XIII, en 1916, viviendo su mayor prosperidad económica y demográfica entre los años 1940 y 1950, llegando a alcanzar en este periodo los 15.000 habitantes, que se dedicaban a la ganadería, agricultura y a actividades industriales y comerciales.


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